VAL D'ECHO · VALLÉE D'ASPE · Dos culturas un pasado común · Deux cultures une memoire commune
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Los Valles, Val d'Echo y Vallée d'Aspe


Cuenta la leyenda que el rey Alfonso I el Batallador fue salvado por pastores chesos de los ataques de un oso herido mientras cazaba, en su juventud, en la Boca del Infierno. En agradecemiento y reconocimiento a su valentía, desde entonces los monteros reales siempre fueron oriundos del valle de Echo. La educación del joven, que sería uno de los mayores exponentes de la Reconquista, fue encomendada a los casi cien monjes que entonces ocupaban el Monasterio de San Pedro de Siresa. Pero no solo las dinastías aragonesas eligieron esta valle para asentar lo que sería el Condado y posterior Reino de Aragón. A lo largo de la Historia, la huella del hombre ha dejado un rico patrimonio histórico, artístico y cultural perfectamente mezclado con su espléndida naturaleza. Los hombres prehistóricos nos dejaron la mayor concentración de monumentos megalíticos de todo el Pirineo, con su exponente principal en los más de 200 círculos de piedra que ocupan la Corona de los Muertos, en la Selva de Oza, vestigios que provocaron la apertura del Centro de Interpretación del Megalitismo Pirenaico. Los romanos construyeron la calzada que uniría el Bearn francés con Zaragoza, paso de los primeros peregrinos hacia Santiago por Aragón y de la que hoy se conservan impresionantes restos.   Y entre invasores, monjes, reyes y peregrinos, están las pequeñas historias de los indígenas, los vecinos del valle que levantaron casonas de piedra y sobrevivieron durante siglos tomando lo que la naturaleza les ofrecía. Así crearon también una cultura que ha llegado hasta nuestros días y que podemos conocer en Casa Mazo de Echo y en el horno de Siresa y la herrería en Embún. Y como colofón a las diversas muestras de arte, las esculturas y pinturas contemporáneas que permanecen tras el Symposium Internacional de Escultura y Arte del Valle de Echo que se celebró en los 80. Pero lo mejor del valle de Echo no son sus piedras, ni sus bosques, ni sus cumbres… Lo mejor del valle son sus gentes: pastores, maderistas, pequeños empresarios y hoteleros que hablan todavía el cheso, que escriben libros, que editan discos, que bailan su folclore… Gentes que viven de la naturaleza y para ella, pueblos históricos aún rodeados de pastos y tierras de labor, chimeneas que humean todo el año.